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Investigar o no investigar

Llevo varios meses con ganas de escribir algo sobre ética científica. Sin embargo, dada la marabunta de dimes y diretes respecto a la (des)financiación de la ciencia en España, me aburría un poco de pensar en defender mi puesto de trabajo. Creo firmemente que el trabajo de los científicos aporta conocimiento y soluciones a la sociedad, pero soy incapaz de defender mi aportación respecto de la de otros 5 millones de españoles, hoy en paro. Solo puedo defender la ventaja de invertir en educación e investigación, a largo plazo, respecto de la de subsidiar hoy a cambio de nada, salvo más necesidad de subsidiar, mañana. Pero hoy quisiera escribir sobre otro dilema mucho más importante. Sobre si debemos investigar sobre patógenos muy peligrosos, independientemente de la financiación que tengamos.

Después de varios meses de darle vueltas al tema, por fin se han publicado los dos trabajos que demuestran que un número pequeño de mutaciones puede hacer fácilmente transmisible al temible virus de la gripe aviar H5N1, hasta ahora incapaz de trasmitirse de un humano a otro por el aire. El primer artículo, publicado en Mayo en Nature, define una serie de reordenamientos entre varios tipos de virus diferentes, mientras que el segundo, publicado en Science hace unas semanas, logra hacer un virus transmisible (entre hurones) por el aire con solo cinco mutaciones, tres de las cuales fueron añadidas previamente para facilitar que el virus pudiera ser infectivo en mamíferos. De ahí a humanos hay un paso muy pequeño.

El anuncio previo de estos trabajos levantó una gran polvareda a todos los niveles. Se debe o no regular la realización de experimentos potencialmente peligrosos hasta un nivel pandémico. Teniendo en cuenta algunos antecedentes de patógenos que han escapado de laboratorios de bioseguridad o los ataques con ántrax después del 11S, algunas voces han pedido el cese de la investigación con patógenos de este nivel de riesgo. Sin embargo, eso no eliminaría por completo el peligro de la amenaza terrorista, pero sí generaría una falta de conocimiento respecto de estos virus. Aunque suene demagógico, si Einstein no hubiera dado con la forma fabricar una bomba atómica, lo hubiera hecho otro, en un bando o en el de enfrente. Por otro lado, si comenzamos a prejuzgar el tipo de ciencia que puede hacerse en función de si el resultado es potencialmente utilizable para causar daño, entonces los terroristas ya han ganado en su tarea de instalar el miedo en la sociedad.

El siguiente aspecto, y quizá sobre el que existe menos acuerdo en la comunidad científica, es si se deben publicar los detalles del resultado. En primer lugar, hasta la fecha, nunca se han aplicado restricciones en la publicación de datos de investigación biomédica, por lo que cualquier precedente debería tener, en la medida de lo posible, un sólido consenso. De hecho, uno de los argumentos más sólidos en contra de la publicación, es esperar a que los organismos internacionales como la OMS o la UNESCO se pronuncien al respecto. Este tipo de resultados de investigación tienen consecuencias que transcienden a la visión de uno u otro investigador, lobby mediático o a una determinada política científica gubernamental. De hecho, Science esperó al visto bueno de la NASBB (U.S. National Science Advisory Board for Biosecurity) antes de publicar el manuscrito final que, más o menos de acuerdo con los autores, fue revisado. La NASBB es la agencia responsable de la política de uso dual (para el bien y para el mal) de los datos de investigación (Dual-use of research concern, DURC). Esta política ha sido puesta en tela de juicio desde hace más de diez años y casos como el del H5N1 han provocado que muchos expertos soliciten su revisión.

Sin embargo, aún a riesgo de ser simplista o incluso cínico, no se le pueden poner puertas al campo. Desde el momento en que los datos son enviados a una revista científica, todos los editores, revisores, etc., se comprometen a la confidencialidad. Hasta donde pueden comprometerse, claro. Los datos están en ordenadores, servidores de correo, smart-phones, tablets… Por mucho cuidado que tengan sus propietarios, ninguno de estos dispositivos es inmune al hackeo.

Al final los resultados han sido publicados. Ahora la cuestión es para qué sirven. En base a la historia de pandemias de gripe en el último siglo (1918, 1957 y 1968) es fácil pensar que debemos estar preparados para una amenaza real. Yoshihiro Kawaoka, responsable del primer trabajo publicado, afirma que cualquier estrategia preventiva de salud publica puede ya basarse en los nuevos datos. El virus de la gripe se puede controlar mediante vacunación y las nuevas mutaciones sin duda deberían ser implementadas en futuros desarrollos de vacunas. Además, los antivirales disponibles hoy día son efectivos contra estos nuevos virus por lo que las autoridades de salud publica de las zonas en las que se han registrado previamente algunas de las mutaciones ahora descritas deben buscar la forma de ampliar sus reservas de estos medicamentos.

En fin, los virus mutantes han llegado y sus entretelas genéticas ya están a la disposición de cualquiera. Llegados a este punto, conviene reflexionar sobre el futuro del campo. Algunos afirman que más pronto que tarde, la regulación vendrá. Sin embargo, antes de que demos esto por sentado, quiero hacer una reflexión transversal. Como muy bien indica D. Perez, el problema es de confianza. Hoy día hemos perdido confianza en casi todo: en la objetividad de la prensa, en nuestros profesores, en nuestros políticos, etc. Sin embargo, hay que conseguir la manera de creer en la información y el conocimiento. Si nuestros gobiernos y las instituciones internacionales a los que estos pertenecen como representantes de la sociedad no creen en la investigación que se realiza, el sistema se desmorona. Además, en muchas ocasiones un determinado gobierno (sí, casi siempre los USA) pide a otros que compartan información con el fin de prevenir pandemias o catástrofes naturales. Si perdemos la confianza, perdemos la capacidad de anticipar de anticipar eventos catastróficos y de acumular información que sería de gran utilidad para prever las consecuencias de los mismos.

 Como último comentario, tengo que confesar que todo este embrollo a mí me ha recordado (salvando las distancias) a la Conferencia de Asilomar. En los años 1970s, el ADN recombinante era una tecnología en pañales y muchos alertaban sobre el gran riesgo para la naturaleza y para la salud que podía entrañar la creación de moléculas de ADN quiméricas o diseñadas ad hoc. En 1975 se reunieron en las cercanías de una famosa playa de California un grupo de biólogos, médicos y abogados, para discutir las limitaciones a este tipo de investigación. El veredicto fue que la mejor forma de afrontar los riesgos y estar preparado para ellos es conocer su medida real. Se establecieron un gran número de protocolos de bioseguridad, muchos aún hoy vigentes y otros descartados con el paso de los años. Asímismo, se intentó involucrar a la sociedad en la investigación biomédica, a la vez que se permitió continuar con la investigación genética. La revolución científica que hemos vivido en biomedicina en los últimos 40 años se fundamenta en estos principios. Y aún no ha terminado.